El chileno Alejandro Aravena: “La casa tiene más de psicología que de arquitectura”

aravena_1500

El último Premio Pritzker, y comisario de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2016, cuenta las claves de su trabajo.

La parte central del trabajo de Alejandro Aravena, el arquitecto chileno que a los 47 años ha sido galardonado con el Premio Pritzker, no se ve. Las fotos, o los planos de la Quinta Monroy en Iquique, Chile; o de las Torres Siamesas de la Universidad Católica de Chile, además del conjunto de vivienda sociales en Monterrey, México, no dan fe del largo proceso de diálogos, de consulta, de acompañamiento que precedió su diseño. Pensar en una forma, buscar un volumen, crear en el papel un espacio, es para Alejandro Aravena, y su estudio Elemental, una forma de poner de acuerdo a los distintos actores del proceso de construcción. El arquitecto debe, en opinión de Aravena, ser el que sintetiza en dibujos y maquetas los deseos contradictorios de la comunidad.

Sus casas incrementales –viviendas que los propietarios completan según sus necesidades–, como las viviendas Villa Verde, en Constitución, Chile, nacieron justamente de las restricciones monetarias crónicas del sistema estatal chileno de viviendas públicas. Aravena decidió invertir en diseño todo lo que no podía invertir en materiales de construcción. Así, la mitad de la casa queda construida, dejando la base para que, como decíamos, los propios habitantes completaran con el tiempo y recursos nuevos el resto de la vivienda.

vv1

A Alejandro Aravena últimamente el problema de la vivienda parece inquietarle menos que la ciudad en que ésta se inserta. Un problema urgente y complejo que le ha llevado a poner como tema y lema de la próxima Bienal de Arquitectura de Venecia, que comienza este 28 de mayo y de la que es comisario: Reporte desde el frente. “Lo que quiero conseguir con el título es capturar el sentido de dificultad, relevancia e importancia de lo que estamos viviendo. La noción de ciudad se nos está quedando corta”, asegura.

aravena

Centro de Innovación UC

Aravena explica que para acoger a gente que se va a mover de ciudad en los próximos 15 ó 20 años “hay que construir una ciudad de un millón de habitantes por semana con 10.000 dólares por familia. Si no lo hacemos, la gente va a venir igual pero va a vivir en favelas. La pregunta es cómo diseñamos las favelas de hoy para que sean las Manhattan del futuro. Manhattan en algún momento fue una favela, pero tuvo una anticipación, una estructura básica. Sería urbanismo incremental; de la misma manera que la vivienda incremental es una forma de reducir la escasez de recursos, éste sería la manera de resolver la migración hacia las ciudades”.

“En Manhattan, la relación entre cada metro cuadrado de espacio público es de 1-1 con relación a cada metro cuadrado de espacio privado. Cuando uno se va a una favela, lo que produce espontáneamente es menos de 1-10. Cuando tú logras mantener una proporción de 1-1, las operaciones individuales adquieren valor en el tiempo, valor económico, pero también de calidad de vida”.

Si sabemos donde está el problema, ¿qué nos impide hacer buenas ciudades?

“Es complejo. Las instituciones débiles, la corrupción y otras cuestiones, suponen un atentado contra la calidad en África, India o China. Pero en Estados Unidos, por ejemplo, la banalidad o la mediocridad de lo construido tiene que ver con que está todo el mundo asustado contra el abogado que te va a demandar. Nadie se sale ni un milímetro del catalogo por el susto a la demanda del abogado. En resumen, en países en vías de desarrollo el problema es la falta de regulación, pero en países desarrollados la sobrerregulación es la que produce ambientes mediocres”.

2240047

Torres Siamesas

¿El buen nivel de los arquitectos chilenos y latinoamericanos tiene que ver con esa cierta libertad que se toman, que no está permitida en el primer mundo?

“Creo que muchos de los proyectos más complejos e interesantes surgen en circunstancias anormales. Cuando un país se enfrenta a una crisis social –o también a un desastre natural– y, en consecuencia, hay miles de personas en la calle, comprometiéndose así la estabilidad política del país, se vive en crisis y, por mucho que sea un cliché, efectivamente se abre una ventana de oportunidad. La crisis de inmigración en Europa va a obligar, antes que ninguna creatividad o invento en la respuesta de cómo acomodar a los refugiados, a cambiar la regulación”.

¿El trabajo es más fácil cuando encima hay una comunidad o cuando hay un solo jefe que, por ejemplo, te pide un edificio?

“El peor de todos es el cliente privado que se hace su propia casa. Por eso mismo, creo que la casa privada está al límite de no ser arquitectura. Es un problema tan personal, que es casi psicología construida. ‘Yo lo quiero así porque me gusta así’. Es muy difícil decirle algo a alguien sobre su casa porque tiene todo el derecho a que le gusten las cosas de una determinada manera. Cuando se trata de una institución, para empezar, tú estás velando por un edifico que físicamente durará más de 100 años. Entonces, tienes que poder hacer transitar el edificio más allá del gusto personal, por mucho que sea el dueño de una empresa, hay una especie de escala de tiempo que excede a la persona y entonces se hace más fácil en ese sentido cuidar la calidad del resultado”.

befunky_collage

¿Cómo se puede hacer partícipe a la gente en las soluciones de sus viviendas y en la construcción de sus ciudades? 

“Hay poca tradición en esto. En ese sentido, lo que habría que analizar es qué se entiende por participación. Pero más que un referéndum para saber si les gusta o no les gusta una determinada carretera, o un cambio en el plano regulador, o lo que sea, lo primero es identificar cuál es la pregunta que hay que contestar. Ahí es donde digo que, en general, hay poca costumbre. No se trata sólo de una cuestión políticamente correcta de decir ‘oye, vamos a preguntarle a la gente’. Si no les preguntas, lo que tiendes como arquitecto es a dar respuestas a problemas equivocados. Cuando fuimos a preguntarle a la gente en Constitución, después del terremoto y maremoto que arrasó la costa del sur del Chile, aparecieron tres problemas que no estaban ni remotamente en el radar de lo que se suponía que la gente quería. La gente tenía otra agenda. Lo más normal es que no tengas ni el tiempo ni los recursos para hacer todo aquello que se supone que deberías hacer. Es fundamental que la gente exponga sus prioridades”.

Dices que la arquitectura consiste en poner en juego el sentido común. ¿Cómo se ejerce el sentido común en una comunidad de intereses completamente distintos y contrapuestos?

“Cuando tú le preguntas a 100 personas, lo que recibes no es una respuesta promedio, sino que por alguna razón misteriosa, cuando la discusión es honesta, el sentido común termina primando y ese sentido común es bastante sano. Lo que quiero decir es que cuando se discute en comunidad los procesos pueden ser más difíciles, pero la integridad del resultado queda más cuidada en la medida que se aleja de la individualidad”.

¿Qué papel tiene el arquitecto en ese diálogo?  

“En mi caso, me coloco en una perspectiva alejada de la arquitectura para luego adaptarla gráficamente. Realmente cuando un proyecto es bueno y tiene éxito es porque he conseguido sintetizar correctamente todas esas preocupaciones sociales que acabo de mencionar”.

2240045

Centro Cultural de Constitución

 

¿Quienes son tus influencias en tu trabajo actual?
“Desde hace más o menos 15 años trato de leer cosas que no tienen nada que ver con la arquitectura. Por ejemplo, estoy leyendo ahora la biografía de Ayrton Senna, el campeón brasileño de Fórmula 1. Es el libro del que después hicieron un documental. Senna, en general, ganaba las carreras cuando había lluvia y en circuitos muy trabados. Y lo que hacía, cuando llegaba a una curva, en un segundo apretaba cinco veces el pié en el acelerador para producir una especie de microderrapes. Como sabía que eso es lo que le daba la ventaja, le pidió a los ingenieros de Honda que le hacían los motores del coche que le diseñaran un motor que respondiera un poco más rápido a esos cinco acelerones por segundo en la curva, aún cuando sacrificara velocidad en la recta”.

 
¿Qué relación ves que tiene esta anécdota con tu trabajo?
“Ese es el tipo de diferencia que estoy tratando de hacer en la arquitectura. Yo, que tengo un ladrillo de distancia entre la puerta y el muro, tengo que guardar una bicicleta. No tengo ladrillos ilimitados ni cincuenta ladrillos de distancia, entonces sé que abordar esa cuestión puede hacer que alguien que lo necesita pueda guardar su bicicleta dentro o fuera de casa y que sea algo que mejore su calidad de vida. Ese ciudadano que llega al trabajo en su bicicleta es el resultado del ejercicio de cómo abordar un ladrillo de distancia”.

Eso es Fórmula 1 incremental.

“En su historia, encontré otra actitud muy relevante. Si Senna escuchaba que el motor tenía un problema y los ingenieros le decían que los ordenadores no detectaban nada, les obligaba a desmontar el motor completo y resulta que después le encontraban una fisura en no sé a qué pieza. Esa capacidad de intuir, de comprender que la intuición es información más allá de la razón, es fundamental en la arquitectura. La emoción es una manera de conocimiento; ese cuando algo te mueve y tú no sabes por qué… Se debe creer más en eso”.

 

 

 

 

Via Houzz

 

Leave a Reply